A
un cielo mayor, que el que duerme sueñe con su vida, y el que con su vida
sueña, con su cielo duerma.
Nada queda más que aguardar sin
esperar, de tú presencia y de tú sentir
conmoción, de tú mente sin culpar, más tiempo para encontrarte sin derrotado
ser.
Sembrada entre el brillo y la luz.
El descubrimiento de tú vida es la
exploración de mi alma a un mundo interior que me sujeta para elevarme por
encima de todas mis otras pasiones, sin embargo a todas las uso, para
entregarme.
Si hubiera sido el
océano, con su forma distante y su contemplación divina, tendría que recorrer
la playa de todo este mundo; si hubieras sido el desierto candente infinito, de
sus rocas y de toda su forma para acceder a tú propia fe, pero sólo siendo
nosotros, naufragamos en el mismo mar de este océano, y recorrimos el mismo
vasto desierto, para tenernos con la humildad de todo lo que pasamos, para
estar hoy aquí, juntos.
Escribir del alumbramiento por sobre el relámpago de
tu hallazgo.
Esa
altiva independencia, esa excelencia llena de fuerza y gracia, revestida del
orgullo propio y resplandeciente de la premeditación, punzante incertidumbre,
innata prerrogativa. Colorido encanto que devuelve el aura, el espíritu en estado
salvaje, que se distingue por su bravura. Esa pupila enorme, esos ojos que
irradian fuerza, que no se haría en este mundo por que me viesen tanto como se
ve de día.

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