El
tiempo nos obliga a ser mejores, la responsabilidad a ser constantes, el honor
a ser justos, el amor a ser únicos, la amistad verdaderos.
En
los accidentes propios de la naturaleza, en la armónica disposición de las
cosas, expandidas hacia un sitio único: común y arrogante destino, adecuación
elemental e infinita de todas las cosas, fuerza misteriosa de la casualidad.
Intangible disposición que deposita las fuerzas que inclinan balanzas, adecuan
tiempos y marcan trayectorias. En el fenómeno del símbolo, en la marca de la
característica, en la vertiente genética, funesta o exitosa, en la creencia o
en la ignorancia, en lo trascendente o intrascendente, en la histórica
fundamental de la evolución de los elementos, y por ende de las cosas, ahí, el
ser vivo conciente comienza su pequeña participación en la obra de su vida, con
todo lo que tendrá que cargar con ello, con todo por lo que tendrá que
imponerse, con lo mucho y poco que tenga que vivir. Con sus ideas, afectos
amores y desgracias, con sus grandes y pequeños accidentes, con su logros,
aciertos y errores, disponiendo de las opciones de su vida reguladas y
dirigidas, con la grande o pequeña libertad que le gane al tiempo, de su
primeros años y de sus últimos días.
Percibir
es descubrir, en la primera luz, en el
primer sonido, en los sabores, sensaciones, preparación para el dominio de uno
mismo, pequeña conquista del mundo ahora es recordar; en el momento mismo de
descubrir que en los afectos se encuentra el verdadero vínculo protector, manto
que cubre y esparce la responsabilidad de las decisiones que no tomamos cuando
niños, sólo en la genética responsabilidad de trazar el vínculo con nuestros
creadores.

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