Fue en el primer día que mis días de joven dejaron lo juegos por la paz, terminados estos, decidí en la búsqueda de lo infinito salir a caminar a recorrer la playa de mis interrogantes, el cielo, claro y perfecto dejaba apuntar las constelaciones con los dedos, el mar aunque agitado dejaba escuchar su bramido al romper y la luz difuminaba su azul oscuro con el blanco de la espuma creada en la revolución de sus cauces, mis pasos atentos a cualquier novedad apuntaban hacia el final de la playa, un muelle rústico cerraba esa pinza, mis pensamientos fijos en la curiosidad se preguntaban que impulsaba mi gravedad, que distinto esperaba encontrar en una noche caminando por una playa auténticamente solitaria, ¿que me podía esperar que no fuese una cruz mística devuelta por el mar? Tal vez dejarse asomar el dorso de un destino que ya merecía conocer, el sol había abrazado mi torso todo ese día y particularmente flaco mi figura imitaba más a un gimnasta que a un luchador, y  pareciendo un joven extraño, aún padecía en los ojos la mirada atenta de la inocencia,  la verticalidad de la extrema juventud, la pureza de los sentimientos y el volcán de la pasión. Mis días jamás volverían a ser los mismos, por haberlos cambiado por las noches, sólo la luz que reflejase ese brillo dorado, sólo la luz que envuelve en la noche y como un manto blanco envolviese la única figura que resaltan entre miles de cualquier espectador, solo esa luz volvería a reconocer.
Regresé la mirada al mar alejándola de mis propios pasos y arremangando mis pantalones mojé mis pies viendo como se escapaban entre mis dedos diminutas cuentas marinas que siempre o nunca estuvieron ahí, respire el aire con mi pecho inundando mis pulmones de cálida brisa marina que ensanchaba mi curiosidad y la adelgazaba hasta convertirla en nostalgia, frené mis pasos, decidí frenar, ese sería el punto para algo, tan incipiente como mi búsqueda ese punto marcado estaría ahí por siempre, desde el momento en que ese lugar existiese ocupando un lugar en el espacio, desde que se hubiere convertido en mar y el mar lo hubiese pulido en playa.
Acercándose dos mundos, uno marcado por ese diminuto punto, el otro emergiendo igual de sus propios pasos, para colmar el instante que se vuelve perpetuo en su inviolabilidad. Distinta presencia que golpea el plexo solar y obliga a cambiar de posición la mirada, de sentir acercarse la figura que no obedece a reglas geométricas, que su simetría se ve perfeccionada en un todo y que aún su todo se vuelve parte, que funde su origen con el misterio del origen del hombre, con sus dudas y con sus culpas, que tiene el don y la conquista de crear, de crear después de padecer y que es distinta a todo en su intimidad.
Esa presencia se volvió corpórea y camino hacia mi, en su trayectoria no advertí desviación alguna hacia el punto donde yacía apuntalado mientras le observaba, ese punto donde yacía era ningún lado si no era hacia mi, conforme se acerco más sus características delataron la seguridad de sus pasos, su velocidad era la de un evento, como ver acercarse a una nube que  atraviesa la luna mientras la cubre, arañándola despojándola de su intensidad, en ese punto en donde debía reunirse, había caminado al revés del reloj, y yo a la par de él para encontrarnos en el tiempo en un juego caminado sólo por mortales pero sincronizado por la vida misma.

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