Esa noche me volví distinto, porque desperté de los juegos del deporte a el ajedrez de la conquista, de la sublevación de las horas, para aparejarlas en los momentos, desperté de la sobriedad de los deseos, a la posibilidad de la independencia espiritual, pasando por los amarres de la dependencia emocional, volví mi vista a la posibilidad del sueño, aparcando en la realidad de la posibilidad, vertí mi corazón disuelto en impulso y me lo bebí entero para despertar borracho de sentimientos, químicamente me volví reactivo, debiendo ser por todo ello, rebelde, ensimismado, entusiasta y protector de mis pequeños alcances, todos mis privilegios no alcanzaban para siquiera seguirle el paso. Dieciséis años y todo sabe, huele y se ve diferente.
Pasan los años y de los recuerdos se hace un trofeo, que se calza por encima de todas las posesiones, en donde las más valiosas a veces son las mas secretas, las más intimas, aquellas que en vez de acumular polvo, acumulan nostalgia, pues lo irrepetible se vuelve un imposible que nos estructura en  los cimientos de nuestra conformación auténtica.
Así, recorriendo a la par las huellas de una extraña debía comenzar el despertar de mis sentimientos, a la par, pero tan lejos, debía comprender aquello que veía tan magnéticamente atractivo debía comprender que no sabía más que hacer que de inmediato suplicar por el crecimiento de mis capacidades, la frustración acecha todo aquello que no podemos alcanzar y se convierte en mito.
La conseja de la educación surgió dentro de mi para imprimir en mi trato el camuflaje de mi inocencia, y mi inocencia no disimulada debía lucir como una medalla en un mundo que aprecia lo que se muestra auténtico y sereno, mis ojos brillaban y bailaban al son del fuego de una chispa correspondida solo en la curiosidad, interprete mil historias que siempre quise escuchar de la melodía del momento, y descubrí la belleza de lo primero aún perdiendo en ello la inocencia.

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